Pacto de sangre [Libro Vs Película]
Nuevo análisis de Edu Garrido que nos recomienda sin dudar todo un clásico de la novela negra. Si no has tenido oportunidad de leer el libro o ver la película, entra y te convencerás.
Pacto de sangre - James M. Cain
[Libro]
Walter Huff es un vendedor de seguros que llega a una bonita casa
de estilo español en Los Ángeles, conoce a la Sra. Nirdlinger, pues intenta
localizar a su marido para renovar los seguros del coche con la General Fidelity de California.
De esa primera conversación, Huff se da cuenta del peligro que supone dicha
dama y de sus reales intenciones al preguntarle si disponen de seguros de
accidentes.

Los diálogos son rápidos, atropellados, precipitados, pero la
narración en off, en 1ª persona, hace que el relato crezca muchísimo. Walter y
Phyllis ya han creado la encerrona, tan solo falta cómo llevarla a cabo, porque
50.000 $ que son el importe del seguro, no son moco de pavo. Huff toma las
riendas, lo planea todo minuciosamente, hasta el más mínimo detalle, y lo
llevan a cabo a la perfección. Ya hay un cadáver en las vías del tren y los
capos de la compañía de seguros se reúnen para tratar el tema. Norton jr. ha
heredado la empresa, pero no sabe cómo llevarla, Walter está pringado hasta las
cejas, pero Keyes, el viejo y orondo Keyes tiene mucha experiencia e intuición,
y en un momento le suelta a Huff lo que cree que ha pasado de verdad, y qué es
lo que tienen que hacer para pillar a la Sra. Nirdlinger para que
confiese.
Aquí Cain demuestra todo el talento que tiene para ir aumentando
la tensión y el dramatismo con cada página, dibujando un Keyes tan nervioso y
furibundo como capaz e intuitivo, insertando personajes hasta ahora
secundarios, casos de la hija de Nirdlinger, Lola, y su novio, Nino Sachetti,
para aumentar las dudas, las posibles salidas, la resistencia a la salida
fácil. Los diálogos entre los protagonistas dejan algunas joyas de primer
orden, aunque a mi particularmente me gustan más algunos pasajes narrados por Walter
en esa constante voz en off con la que transcurre la narración. Uno de los más
brillantes aparece cuando Phyllis llama a Walter y Cain define perfectamente su
estilo con una frase tan dura y seca como esta que pone en boca de Huff:
“Colgué. La amaba como el conejo ama a la culebra”. Tan lúcida como
deslumbrante.
Lola retorna para contar a Walter sus sospechas sobre su
madrastra. Estaba convencida que fue la culpable de la muerte de su madre y
ahora regresan a atormentarle para culparla también del fallecimiento de su
progenitor. También implica a Nino en la trama, por lo que Huff empieza a
comprender realmente lo que ha pasado, deshaciendo los bolillos de Phyllis para
enredarse en los de Lola, de la que pasa a hacerse cargo.
Aquí se complica todo y lo que parecía un caso fácil para hacerse
con la Doble Indemnización
por accidente de un marido que se había caído de la plataforma trasera de un
tren por culpa de una pierna rota y un mal uso de las muletas, se convierte en
una de las mejores novelas negras del siglo XX, dejando un final muy trabajado,
donde Walter asume la culpa con la que debe cargar y obliga a Phyllis a seguir
el mismo camino, dejando despejada la senda para los que no tienen que cargar
con nada de lo hecho por ellos.
La novela es corta, menos de 200 páginas, con un lenguaje muy
certero y directo, acertadamente narrado en flashbacks a través de una
confesión del asesino, lo que hace que, por momentos, tomemos parte por él
hasta cierto punto. Cain, gran maestro de la novela negra junto a Hammett y
Chandler, nos muestra una de sus obras más redondas, aunque quizás la más
conocida y famosa sea “El cartero siempre llama dos veces”. A través de ella y
tomando como referencia un caso real acontecido en New York en los años 20, nos
muestra esa cara oscura del alma humana, casi siempre representada por una
mujer fatal y un pardillo y pecaminoso hombre que se deja engañar.
Si quieres disfrutar de un claro ejemplo de novela negra de
calidad, de porqué tiene tanta aceptación entre el público y la crítica, aquí
tienes una opción de éxito seguro que, además, se lee de un tirón.
Perdición - Billy Wilder
[Película]
La adaptación cinematográfica fue obra del gran Billy Wilder por
empeño, por tesón y perseverancia, porque todo el mundo negaba que fuera a ser
aceptaba por el deleznable Código Hays, porque era turbia, sucia y su esencia
eran instintos tan bajos como el deseo, la culpa, la avaricia o la lujuria. El
primer problema que eso le trajo a Wilder fue que su socio, Charles Brackett,
se negó a escribir con él un guión tan oscuro y obsceno. Wilder puso los ojos
en el propio Cain para adaptar su obra, pero estaba ocupado con un guión para la Fox, así que surgió el nombre
de Raymond Chandler, un tipo taciturno, complicado y difícil, pero que sabía
escribir, tal y como sus obras demostraban.
Un par de cambios en los nombres de los protagonistas, Walter se
apellidaría Neff y Phyllis sería Dietrichson, y una escena inicial fabulosa para
dar paso a ese gran flashback en el que Walter va contando a una grabadora lo
que ha “hecho por amor y por dinero, aunque se ha quedado sin amor y sin
dinero”.
Fred MacMurray ya no aparece sudoroso y acabado, sino limpio y
resplandeciente ante la puerta de la casa de los Dietrichson donde, cubierta
solo con una toalla, hace su aparición Barbara Stanwyck en lo alto de una
escalera. Soberbia imagen de inicio que, al volver a aparecer, lleva una
esclavina alrededor del tobillo. Desde ya, Neff solo piensa en ella y en esa
pulsera que le acaricia la pierna. Los flirteos con los diálogos son
maravillosos, puro noir de los años 40.
La aparición de Eddie Robinson también es genial, atrapando a un
timador que intenta cobrar el seguro cuando fue él mismo quien incendió su
camión. Pero Neff solo piensa en ella, en ese tobillo, que Wilder aprovecha
para enlazar la siguiente escena en casa de Phyllis. Es en esa escena donde
Neff cae en la red de Phyllis y queda atrapado por ella, por su aroma, por su
piel, por su maldad… y huye. Pero ahora es ella la que acude a su casa dispuesta
a no soltar la presa. La casa de Neff está en penumbra, a oscuras, hasta que se
besan y se sientan a tomar una copa y poner las cartas sobre la mesa.
Los continuos juegos de Wilder acercando la cámara a Walter cuando
está narrando en presente a la grabadora, y alejándola cuando va a volver de
nuevo al pasado con otro flashback acentúan quién lleva las riendas ahora y
quién las llevaba antes. Toman esa copa, Walter decide lo que hay que hacer
para cobrar lo máximo posible de la Pacific
All Risk Insurance y hace que Phyllis se vaya a su casa.
Fuera llueve y él se queda solo.
El Sr. Dietrichson es, realmente, un machista gruñón e insufrible,
y le engañan para que firme la póliza. Wilder y Chandler siguen bastante
linealmente la novela de Cain en este tramo, con la aparición de Lola, Nino, la
rotura de la pierna del futuro finado y los preparativos para cometer el
asesinato. El hecho en sí mismo es rodado por Wilder con mucha maestría,
cuidando el encuadre perfecto en cada toma, destacando esa toma fija sobre el
rostro de B. Stanwyck mientras Fred acaba con su esposo en el asiento de al
lado.
Todo parece que ha ido bien, pero aquí es Norton el que no está
conforme con la decisión de la policía y el pago de los 100.000 $, intentando
buscar un acuerdo con la viuda acordando un veredicto de suicidio. Keyes es
quien tira por tierra todas las dudas del jefe a base de estadísticas, pero
llegada la noche se siente mal (genial el recurso narrativo del hombrecillo en
el estómago que no le deja tranquilo) y se presenta en casa de Walter para
contarle su teoría, acertando en todas sus suposiciones. Walter quiere dejarlo,
pero Phyllis se niega. Lola aparece con sus angustias y temores, y Walter se
siente presionado por Keyes y por Phyllis, y solo se siente bien con Lola.
Todo da un vuelco en la cabeza de Walter y la última escena en
casa de Phyllis es magnífica. Walter le cuenta lo que va a hacer para
solucionarlo y salir airoso de todo, provocando a Phyllis. Le pregunta “¿no me
digas que has estado enamorada de mí?”, y ella se sincera por primera y única
vez en toda la filmación. “No, ni de ti ni de nadie. Estoy podrida hasta el
alma. Te utilicé como has dicho. No significabas nada hasta hace un instante”.
Billy Wilder y Raymond Chandler dan un giro al final de la novela
para dar otra muestra de genio. Durante toda la película era Walter el que le
encendía los puros a Keyes, con una cerilla que prendía con la uña de su dedo
gordo. En la última escena, cuando Neff intenta encenderse un cigarrillo, es
Barton el que le enciende la cerilla a su amigo de la misma forma, para dar
paso al FIN, en otro de esos cierres magistrales marca de la casa Wilder.
La película fue un éxito inmediato, logró 7 nominaciones a los
Óscar, y se ha convertido en un referente indiscutible dentro del género negro
en particular y del cine americano en general. Una obra maestra de cabo a rabo,
donde Billy Wilder, rodeado de grandes nombres dando lo máximo de sí mismos,
dan forma a un clásico absoluto.
Edu Garrido.
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