Ladrones de cuerpos [Libro Vs Película]

Una de las obras cumbres de la ciencia - ficción tiene más de medio siglo y, en una época en que los miedos han vuelto al primer plano de la actualidad, es un buen momento para rescatarlo traerlo a la portada. 

Los ladrones de cuerpos - Jack Finney 
     [Libro]

Jack Finney es un escritor norteamericano que, hasta pasados los 30, no inició su carrera en las letras. Sus primeros trabajos fueron cuentos y relatos cortos, pero fue su paso a la novela y, especialmente a la ciencia-ficción, la que le convirtió en un reputado autor gracias a obras como “Ahora y siempre” o la que ahora reseñamos, “Los ladrones de cuerpos”.

Publicada por Collier’s Magazine, originalmente en 3 entregas, en 1955, se convirtió rápidamente en un icono para los futuros novelistas del género fantástico y de terror.

Narrado en 1ª persona por Miles Boise Bennell, médico de 28 años de la localidad californiana de Santa Mira, de ojos azules y pelo negro, centra ágilmente la acción cuando Becky Driscoll, una antigua amiga de la juventud, acude a su consulta para que ayude a su prima Wilma que dice que su tío Ira no lo es realmente. Es exacto a él, habla como él, actúa como él, le gasta las mismas bromas, incluso tiene los recuerdos que tiene que tener, pero sabe que no es él. Miles intenta ayudarle y acude a su casa, habla con Ira Lentz y con Wilma y está convencido que sí es Ira, pero Wilma le dice que no es él y que a su tía Aleda le pasa lo mismo. Son exactamente como tienen que ser, pero no tienen emociones y las reacciones no son adecuadas.

A la mañana siguiente, Miles acude a la consulta a trabajar y una paciente le dice que su marido no es realmente su marido y el paso de los días hace incrementar exponencialmente el número de casos con la misma paranoia.

Una noche, Miles y Becky van al cine y Jack Belicec, un vecino del pueblo que es escritor, les hace salir para que acudan a su casa en la colina, donde su esposa Theodora les recibe muy nerviosa en el camino de entrada porque no podía aguantar en la casa ella sola. Bajan al sótano y, sobre una mesa de billar, había un cuerpo inerte cubierto con un plástico. Miles lo inspecciona repetida y detenidamente concluyendo que era un cuerpo fuerte y sano, pero estaba inacabado, indefinido, sin personalidad.

Miles deja a los Belicec con un somnífero para Jack y la orden para Theodora de vigilarlo y, al mínimo cambio, despertarlo y acudir a su casa. Muy poco tiempo pasa hasta que aparecen en la vivienda de Miles, con Theodora histérica. Miles va a casa de los Belicec y, al ver que la transformación está casi completada acude corriendo a casa de Becky para despertarla y sacarla de allí.

El gran pulso narrativo de Finney, creando una atmósfera de angustia y tensión desbordante, la hace adictiva. La propuesta es deslumbrante y el rápido desarrollo de la acción apenas deja espacio para la lógica o el respiro, consiguiendo que el nerviosismo y ansiedad traspase las hojas del texto. La sensación paranoica y obsesiva se va haciendo dueña de las páginas y ya nada es lo que parece, por lo menos es lo que te hace creer tu mente.

Miles se lleva a todos a su casa para analizar la situación, donde su amigo Mannie Kaufman, psiquiatra, les hace ver que su mente les ha jugado una mala pasada y lo que creen haber visto es fruto de su imaginación. Al día siguiente, los pacientes que le visitaban alarmados llamaban para decirle que todo había vuelto a la normalidad y que había sido algo pasajero, dando a entender que el Dr. Kaufman tenía razón.

El desarrollo final del relato nos lleva a un punto de locura o demencia irreal que lleva a Miles a una huida sin límite que le deja como único punto de cordura ante la transformación de todo el pueblo de Santa Mira. Quizás la explicación final, con la disertación más filosófica del devenir de las vainas por el espacio, contraste con el punto concluyente de la novela, algo menos áspera de lo esperado.

Con múltiples interpretaciones sobre la intención oculta del autor, unos han dicho que es un ataque a los activistas comunistas pro-soviéticos que, tras la IIGM pasaron de aliados a enemigos. Otros que era una crítica furtiva al senador McCarthy y sus listas negras, relacionadas con lo anteriormente dicho sobre el comunismo. Y otros, incluso, hablan de una invectiva a la proliferación de armas nucleares y sus efectos no conocidos. Pero, Jack Finney siempre rechazó todas ellas y afirmó que escribió una obra de entretenimiento para pasarlo bien.

La invasión de los ladrones de cuerpos - Don Siegel
[Película]


Don Siegel es un director norteamericano que, habiendo ganado un Oscar al mejor documental, consiguió dirigir películas que era lo que realmente quería. Tras unos años en la Warner Bros. con algunas películas meritorias como “El veredicto” o “Motín en el pabellón 11”, le llega este proyecto para adaptar la novela de Jack Finney.

El inicio, con los títulos de crédito sobre un cielo repleto de nubes que pasan a toda velocidad con la siniestra banda sonora de Carmen Dragon, hasta que aparece Kevin McCarthy (interpretando el papel protagonista) en las urgencias de un hospital, desquiciado, histérico y, a través de un flashback, comienza a contarnos la historia.

Miles vuelve de un congreso y se encuentra con que todo el mundo quiere verle, contándole lo mismo. Algún familiar, vecino o amigo no es él mismo. Becky Driscoll, antigua novia de Miles que acaba de volver al pueblo, es una de ellas.

Lo primero que llama la atención es la luminiscente fotografía en b/n de Ellsworth J. Fredericks, cuando Miles regresa, los amigos se reencuentran y todo parece ir bien mientras el sol reina en el cielo.

Miles y Becky salen a cenar y se vuelven a enamorar, pero las crisis urgentes no paran y se ven mezclados en una bola de acontecimientos que generan la paranoia y la angustia más absolutas. Visitan a unos vecinos que tenían un cuerpo sobre la mesa de billar del sótano y, al final,  Jack y Theodora Belicec llegan a casa de Miles Bennell muy nerviosos, casi perturbados, porque ese cuerpo se ha transformado en Jack. Miles sale corriendo en busca de Becky, pero ya es de noche, y la resplandeciente luminosidad se ha convertido en locura nerviosa y paranoia esquizoide porque en casa de Becky encuentra otro cuerpo que se está convirtiendo en su novia.

Buscan ayuda en su amigo Dan Kauffman, médico psiquiatra, que les da un razonamiento médico a lo que han visto. Su explicación parece calmarles y, al día siguiente, de nuevo con la luz y el sol, los pacientes han recuperado la cordura.

Van a cenar juntos en el jardín de Miles, con la luna de vuelta, y accidentalmente descubren unas vainas y un razonamiento lógico a lo que está pasando. Los Belicec salen con su coche para intentar buscar ayuda en el exterior mientras Miles y Becky intentan llamar al FBI y continúan su huida.

Se ocultan en la consulta y procuran mantenerse despiertos hasta que, sorpresivamente, la mañana, con su luz, trae a Jack convertido junto a Dan y algunos más con un par de vainas para suplantarles a ellos. La discusión filosófica de ese momento eleva el guion un punto más, uno de los puntos comunes de los grandes clásicos de la ciencia-ficción de los años 50.

La solidez de la historia y el frenético ritmo con el que Siegel dota al film lo convierten en uno de los grandes puntales del género fantástico de la época. La trepidante huida final, con todo el pueblo siguiéndoles por las colinas, es angustiosa. Y el final cruel, trágico, esquizofrénico, con Kevin McCarthy gritando como un poseso que todos estamos en peligro y seremos los siguientes.

Con el paso de los años, la novela encontró 3 adaptaciones más a la gran pantalla. 1 muy notable por parte de Philip Kaufman en 1978, donde el terror tomaba el mando y se hacía más protagonista que la paranoia; otra dirigida por Abel Ferrara en 1993, donde lo más destacable es situar la acción en un cuartel militar; y la última estrenada en 2007, con 2 grandes estrellas del Hollywood moderno, titulada “Contagio” bastante mediocre.
 
Eduardo Garrido
 

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